miércoles, 22 de septiembre de 2010

El swinger y la familia



El swinger y la familia

Los swingers somos, generalmente, parejas que tienen hijos o, por lo menos, una gran parte de nuestro ambiente es así. El perfil de esas parejas es tan diverso como la sociedad misma. Uno no podría distinguir a una pareja que practica el swinger entre varias que no, y hasta aseguro que si optáramos por una tratando de buscar datos en sus actitudes, vestimenta o lenguaje, esa opción nos llevaría hacia la pareja equivocada.

En sus vidas privadas muchas de estas parejas practican hábitos y códigos morales muy distantes a los que utilizan en su secreta vida swinger; maestras, jardineras, profesionales, abogados de familia, etc., lo que predicamos en la vida diaria no siempre condice con lo que hacemos en la intimidad. En estos días uno de tantos medios que nos visitan a la redacción para realizar notas con Bea y conmigo nos propuso filmar una historia de vida, contar cómo comenzamos como swingers y nuestra decisión de ser públicos y crear la primera revista swinger.



Estuvimos de acuerdo, ya que es lo que venimos haciendo desde hace años para desarrollar el ambiente sobre bases serias y con códigos. Pero en un momento nos plantearon entrevistar a nuestros hijos y a nuestros padres para pedirles opinión sobre nuestra práctica: allí se acabó la nota. No utilizamos a nuestros seres queridos para difundir este estilo de vida, violaríamos una regla de oro. Desde ya las parejas de este ambiente, con justa razón, prefieren el anonimato, algo a lo que nosotros renunciamos por el ambiente. Pero los nuestros son otra cosa, ellos no eligieron ser swingers y no deben ser involucrados en la decisión de sus padres o sus hijos; daríamos una imagen muy vulgar a la sociedad si los exponemos, si los hacemos parte de una historia para engordar el rating de los medios y flaco servicio le haríamos a nuestro estilo de vida.

Muchas parejas nos preguntan cómo se vive el hecho de que nuestra sexualidad sea pública. Sin duda en nuestro caso hay una revista detrás, una razón funcional, pero si no fuera así nunca hubiéramos renunciado al anonimato. Es esa complicidad del secreto guardado entre dos la que contribuye a aumentar la emisión de cada encuentro. Sin duda el swinger es una extensión de nuestra cama, de nuestro sexo, de nuestra intimidad y en ese plano debe quedar. No somos gente liberal que frente a todo y todos defendemos nuestro libre albedrío, somos personas con tabúes y prejuicios, los lógicos, que aún así podemos ampliar nuestra sexualidad en forma muy importante.


Nuestros hijos no tienen por qué seguir nuestros pasos, aunque sí debemos educarlos en la tolerancia y libre de miedos al sexo. Exponer nuestra práctica sexual es, de alguna manera, inducirlos a su aceptación o rechazo, viven en una sociedad donde los límites de lo normal o anormal, bueno o malo, están muy tergiversados. Fuimos muy audaces al llevar a la Asociación Argentina de Swingers a la justicia para su aprobación porque pusimos allí un debate que movió lo peor de una esencia proscriptiva y aferrada a no crear nuevas jurisprudencias sobre matrimonio, sexualidad y familia. Cabe aclarar un concepto: resguardar nuestra intimidad, no exponernos sin sentido y menos a los nuestros, es una cosa; sentirse perseguidos, temerosos, ver en cada reunión un peligro a ser descubiertos, es otra.

Así mejor sería no abordar esta práctica, le quitaremos el objetivo principal: el placer, la distensión que vivir nuevas sensaciones provoca. Ambas actitudes son contradictorias con nuestro estilo de vida. Cada vez habrá, por otra parte, más liberales, que son un subproducto de lo que el desarrollo del swinger permitió en la Argentina. Fueron nuestros lugares nocturnos los que abrieron muchas cabezas y dieron otra opción adulta de diversión y nuestra revista, que polemizó y creó un espacio de libertad y amplitud sexual.

Hoy es hora de diferenciarnos: somos swingers, no liberales, por esa razón protegemos nuestra intimidad y nuestra familia.

Fuente Daniel Bracamonte.

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